Al final me dicidi!!! tanto tiempo deseando tener un lugar donde escribir historias,y al final ya lo tengo!
Los principios son siempre complicados, pero para alguien como yo que su deseo mas ferviente es ser un contador de historia, esta pagina es la herramienta perfecta.
Sin mas preanbulos , hay va la primera historia.
Con
pasos vacilantes, deteniéndose por momentos, bamboleándose en su
inestable equilibrio, acelerando luego la marcha, el niño siguió
avanzando hacia los brazos extendidos de su padre. El comisario López
lo levantó y lo hizo girar varias veces en el aire, observando la cara
feliz de su hijo; la suya no lo era menos. Le habían asignado un
destino tranquilo, una comisaría en un pueblo que estaba buscando la
categoría de ciudad, donde los problemas se limitaban a algunos robos y
las habituales peleas entre ebrios los fines de semana que casi nunca
pasaban a mayores. Un buen destino para disfrutar de la familia, con un
hijo que daba sus primeros pasos y otro que comenzaba a formarse en el
vientre de su mujer.
Dejó al niño en la cuna, se despidió de su esposa y se fue a la
comisaría, que siguiendo la arquitectura proyectada años atrás, estaba
junto a la casa, apenas separada por un patio interno.
“¿ Alguna novedad estevez ”?
- “Todo tranquilo señor, llamaron del Juzgado, si se puede dar una vuelta por la ciudad, Su Señoría quiere hablar con Ud.”
“ ¿ No dijeron por qué ?”
“ No señor, yo pregunté si podían adelantarme algo, pero me dijeron que
no, que era personal.”
El despacho era cómodo y sobrio, con una de las paredes cubierta por
una biblioteca llena de libros de derecho; un crucifijo se destacaba en
la que estaba detrás del escritorio, sobre el que había varios
expedientes y una lámpara. López leía el que le había entregado el
Juez, en cuya tapa se destacaba la inscripción dejada por un sello de
gruesas letras “Con Preso”. Cuando llegó a la hoja que contenía los
antecedentes remitidos por el Registro Nacional de Reincidencias, el
Juez notó el gesto de contrariedad en el rostro del policía.
Evaristo Vargas, “el chilote” - alias que respondía a la
nacionalidad de su madre, quien también le había dado su apellido, pues
nunca supo quien fue su padre- ya había conocido varias comisarías y
juzgados. Sus antecedentes mostraban una carrera delictiva con un
constante aumento de peligrosidad, iniciada a los dieciséis años con
unos robos que por su condición de menor sólo le significaron un año
tratamiento para intentar su recuperación, poco exitoso por cierto:
seis años después fue condenado a dos años de prisión por abuso de
armas, y poco tiempo después fue procesado por el delito de homicidio.
Estuvo corto tiempo detenido y finalmente fue absuelto por entender el
tribunal que había actuado dentro de los límites de la legítima
defensa. El último registro daba cuenta que actualmente estaba detenido
y procesado por el delito de lesiones gravísimas, y se hallaba alojado
en la Alcaidía a disposición del tribunal interviniente.
Vargas no había cumplido aún treinta años. El informe concluía con
el “Perfil Psicológico” del procesado. Era breve, por lo que López
decidió leerlo: “Individuo perteneciente a un nivel económico - social
y cultural bajo, no completó su instrucción primaria. Inmaduro. Su
reiterada conducta delictiva y su precocidad en el delito, está
motivada especialmente por la insatisfacción a la falta de
oportunidades, de repuesta a sus necesidades internas y externas que
debió soportar desde muy joven, en especial la carencia de afecto en su
infancia, la falta de contención familiar y de control. También surge
del examen realizado que la agresión y la violencia son componentes
naturales de su mundo, y una forma de respuesta al medio al que siente
hostil y rechazante. Escasa tolerancia a la frustración.”
“Todos los informes se parecen, hasta usan las mismas palabras” pensó
López . Cerró el expediente y lo empujó suavemente en dirección al Juez.
“ Lindo regalito Doctor; ¿ no tienen otro lugar donde mandarlo?”
“ Mire comisario, anoche en la Alcaidía hubo una pelea entre
internos, dos fueron derivados al hospital con lesiones gravísimas , y
aunque la investigación recién comienza, está confirmada la
participación de Vargas en el hecho, si no lo sacamos pronto, vamos a
tener que lamentar algo más que lesionados…Su comisaría es el lugar
ideal, está cerca, y Vargas puede estar aislado y bien controlado
durante el tiempo que demande el trámite de la causa”.
López entendió que no tenía ninguna posibilidad de cambiar la decisión del juez.
“Bueno, le agradezco el obsequio doctor. Que lo lleven esta tarde” .
A una señal del comisario, la custodia se retiró y López y Vargas
quedaron solos en la oficina. Se estudiaron con la mirada. Ambos se
dieron cuenta que enfrente había un hombre decidido, con principios y
posturas distintas en la vida, y posiblemente con algunos códigos no
tan diferentes. El comisario rompió el silencio que comenzaba a ser
molesto.
“Vargas, vamos a aclarar las cosas de entrada. Yo no estoy acá para
juzgar su vida; mi deber es vigilarlo mientras esté detenido en esta
comisaría, y eso es lo que voy a hacer, y lo voy a hacer bien. No
quiero ocasionarle ningún problema ni que usted me los ocasione, ¿ está
claro? Lo van a sacar del calabozo una hora a la mañana y otra a la
tarde. ¿Alguna duda?”.
-“ No comisario, está claro ”
Los días siguieron transcurriendo sin alteraciones en el trabajo de
la comisaría, Vargas no ocasionó ningún problema. Hasta que ocurrió la
fuga. Cinco delincuentes que tenían largas condenas por cumplir,
lograron fugarse del penal asesinando a un guardiacárcel que intentó
detenerlos. Horas después intentaron la toma de una subcomisaría con la
finalidad de apoderarse de más armas, siendo rechazados tras un breve
pero intenso intercambio de disparos que dejó como saldo un oficial
gravemente herido.
Todo el personal disponible se afectó a la búsqueda de los
delincuentes. El comisario López y sus hombres no fueron la excepción:
la orden era breve y clara: “ Deberá trasladarse con todo el personal a
sus órdenes a prestar apoyo en el operativo rastrillo tendiente a
capturar delincuentes evadidos que en el día de ayer asaltaron
subcomisaría hiriendo de gravedad al oficial de servicio .”
López volvió a leer el radio policial, mientras la televisión daba
detalles de la fuga producida y el asalto a la dependencia policial. Su
segundo lo interrumpió:
“ El personal está listo señor”.
No tenía mucho tiempo para encontrar la solución a su problema. Su
mujer había oído las noticias y notado el nervioso movimiento de los
hombres en la comisaría, y aunque procuraba ocultarlo, tenía miedo a
quedarse sola con su hijo.
“Quedate tranquila, no va a pasar nada; voy a dejar un hombre en la comisaría para que los cuide”, le dijo mientras se despedía.
Se decidió por la única salida posible. Fue hasta el armero, tomó el
último fusil que quedaba, dos cargadores completos y abrió la puerta
del calabozo.
Vargas lo miró sorprendido; el comisario no le dio tiempo a ninguna
pregunta: buscándole los ojos le dijo: “Tengo que irme dejando a mi
mujer y a mi hijo solos, y es posible que los que se fugaron anoche
quieran tomar la comisaría buscando armas. Es gente dispuesta a todo,
no tienen nada que perder. Mi familia es lo que más quiero en la vida,
Vargas: ¿Se anima a cuidarlos?” Y le extendió el fusil con los
cargadores.
Vargas vio la preocupación en la cara de López, y percibió que el
tono de su voz, acostumbrada a mandar, sonaba distinto. Sintió que
alguien estaba confiando en él, una sensación que casi había olvidado.
Tomó el fusil y accionó el cerrojo para que el primer cartucho del
cargador entrara en la recámara. “Yo tampoco tengo nada que perder
jefe; vaya tranquilo, a su mujer y a su hijo no les va a pasar nada”.
El comisario López rogó que su intuición para adivinar la condición
humana fuera correcta. Estaba apostando todo a una carta: a que ese
hombre casi desconocido, con un destino marcado por el delito,
conservara aún ciertos códigos.
“Después que me vaya, súbase al techo de la comisaría, de ahí puede
mirar toda la cuadra y ver quien se acerca”. Se dio vuelta rápido para
que Vargas no viera la emoción en sus ojos, y abandonó una comisaría
solitaria, a excepción del “chilote” Vargas, un hombre que ya había
sido condenado al momento de nacer, armado de un fusil y transformado
por su exclusiva decisión en custodio de la vida de su familia.
Sobre el techo de la comisaría, parapetado tras la base del mástil
que lo ocultaba y lo cubría del viento, con el fusil en sus manos,
Vargas observaba la circulación de vehículos y peatones.
A medida que pasaban las horas iba tomando conciencia de su extraña
situación. Nunca en su vida había imaginado que un día iba a estar de
custodia, armado y sobre el techo de una comisaría, dispuesto a jugarse
la vida por la mujer y el hijo de un “milico”.
“¿Qué te pasa Vargas, te cambiaste de lado”? se preguntó en voz baja
. La respuesta fue en silencio: “ No, es por un rato nomás, es por un
rato, es para darle una mano a este López, la verdad, me cayó bien…. Y
se jugó una carta jodida el hombre: ¿ Y si yo me voy a la mierda qué
pasa, quien me va a atajar, si no hay un milico en todo el pueblo? Y si
me voy no me agarran más, ya sé lo que es un calabozo, no voy a
terminar mi vida preso, eso no es vida,…prefiero que me maten…. ¿ De
dónde sacó este milico que yo le voy a cuidar la mujer y el pibe? Te
tenés mucha confianza López, o estabas muy desesperado, no se… Pero que
te la jugaste, te la jugaste….”
Mientras Vargas seguía haciéndose preguntas, la noche empezó a caer.
Desde su emplazamiento, rodeado de oscuridad y ya sin temor a ser
visto, seguía el circular de los vehículos centrándolos en la mira del
fusil, después repetía el ejercicio con los peatones que pasaban por
las veredas vecinas. Era su manera de entretenerse y estar atento.
Un ruido que provenía del patio interno hizo que su cuerpo se
pusiera en tensión. Alguien había prendido la luz y estaba abriendo la
puerta posterior de la vivienda. Apareció la mujer de López con su hijo
en brazos y se dirigió al tendal de la ropa, mientras le hablaba
tiernamente, en esos monólogos que sólo las madres son capaces de tener
con sus hijos.
Cuando su brazo libre no pudo seguir descolgando la ropa por estar
totalmente ocupado, la mujer dejó al niño en el piso y continuó su
tarea con ambas manos. El hijo pareció no estar de acuerdo con el
cambio y exigió con su llanto el regreso a la seguridad de los brazos
de su madre.
A escasos metros, sobre el techo, Vargas miraba y oía en silencio,
totalmente absorto por la escena que lo tenía como único y oculto
espectador.
Vacío el tendal, la madre levantó a su hijo y reinició el monólogo:
“ Bueno, bueno, no llore, no tenga miedo hijo, que ahora nos vamos a
comer una cosa muy rica, y después vamos a ir a la camita, vamos, vamos
bebé, no llore, que acá está mamita”.
La puerta se cerró y el patio quedó vacío y en sombras. La cara de
Vargas había dejado su gesto hosco, y reflejaba una ternura oculta,
desconocida. La dura vida que le había tocado en suerte parecía
brindarle una breve tregua. Sólo la noche vio esa cara, y escuchó una
voz quebrada decir: “ ¡Y acá también está Vargas , carajo, el “chilote”
Vargas!… No tengan miedo, que Vargas los está cuidando. ”
En ese instante supo lo que quería: detener el tiempo y quedarse el
resto de sus días de custodia sobre el techo, porque había descubierto
que su vida o su muerte podían tener sentido. También supo que lo que
quería era imposible. Repasó su niñez huérfana de afectos, su juventud
violenta y sin rumbo, y su pasado más reciente, donde aparecían los
recuerdos ensangrentados que le arrancaron lo poco que le quedaba, la
libertad. Recordó a su compañero de celda preguntándole un domingo
después de la visita del cura :
“
Que te parece Vargas,¿ tendremos Dios nosotros? ”.
-“Quien sabe, capaz que si ” le contestó.
Levantó la cabeza y fijó sus ojos en el cielo como buscando a ese
Dios del cual dudaba, y con un tono de voz que era una mezcla de
súplica y exigencia le dio a conocer su más íntimo deseo: “ Yo nunca te
pedí nada Dios, pero esta noche te necesito, te lo pido por favor,
dejalos venir, quiero pelearlos, si, ¡y morir acá peleando por algo que
valga la pena, carajo!
.
Y el “chilote” Vargas, en la solitaria negrura de la noche, recuperada
la máscara de dureza sobre el rostro, buscaba con el ojo de su fusil
atacantes que no llegaban.
Sentía que ahora tenía la oportunidad que un destino implacable
siempre le había negado. Deseaba y soñaba con una muerte que le diera
sentido a su triste existencia.
Pobre “Chilote”, no pudo elegir su vida, tampoco su muerte.
Cuando el comisario López y su gente regresaron, estaba aún sobre el techo de
la comisaria, esperando en vano .
os ha gustado? espero que si